Lic. Isabel Larraburu (España)
Para Compumedicina.com®
Un ingeniero en crisis se persona en la consulta del psicólogo. Tiene referencias de él, ya que sus familiares se lo han recomendado. Sabía que era de los mejores, claro. Como, si no, podría llegar a sorprenderle con alguna solución que él ya no hubiera pensado por sí mismo. Con la racionalidad extrema de la que hace gala, tiene muy claro sus objetivos para su inmediato futuro. También tiene claro los objetivos que tiene previstos para el psicólogo en relación a su terapia. Su reciente crisis personal, profesional y vital le ha llevado, muy a su pesar, a prestarse a un “arreglito” psicológico ya que por primera vez se encontraba en un estado que no conseguía superar con sus tradicionales métodos basados en la evidencia científica. Se sentía tan descolocado que ni los diseños de árboles de decisión, las técnicas de solución de conflictos, las habilidades de comunicación y desarrollo de la empatía que generosamente ofrecía su empresa para aplacar el estrés de sus quemados ejecutivos en fines de semana de “coaching” le estaban ofreciendo consuelo.
__“Desearía que me ayudara a resolver los problemas de mi pasado para poder salir de esta situación. He reservado varias sesiones con su secretaria y un presupuesto para venir a su consulta semanalmente. Quiero que sepa desde ahora que no creo en los psicólogos. Yo estoy acostumbrado a tratar con problemas reales en mi trabajo y esto de la psicología para mí es muy abstracto. Creo que existen muchos encantadores de serpientes que acaban creando una dependencia y no llegan a resolver nada. Ya sé que usted tiene un buen currículum, por eso lo he elegido, pero, honestamente, dudo que pueda hacer algo para ayudarme. En realidad creo que va a tener que demostrarme que la psicología sirve para algo.”
El psicólogo atiende con verdadero espíritu zen proponiéndose no reaccionar con demasiada celeridad.
__ “Así, ¿cómo cree que podría ayudarle?, pregunta.
__ “Querría que empezáramos por analizar todo lo del pasado”, dice el aspirante a paciente.
__ “¿Ha dicho pasado? ¿Y por qué tendríamos que empezar por el pasado? ¿Cómo podremos solucionar algo del pasado si el pasado ya pasó? ¿Usted invertiría tiempo, energía y dinero en su empresa con el fin de solventar los temas pendientes de hace treinta y cinco años?”
La felicidad está muy cerca.
No hace falta revolver en el pasado para lograr el equilibrio y la armonía en nuestra vida. La psicología clínica está dejando de ser un instrumento para tratar la enfermedad y está ampliando sus horizontes hacia el logro del potencial de felicidad de las personas, algo para lo que en realidad ya están programadas. La psicología positiva de Martin Seligman es uno de estos ejemplos. Se están incorporando técnicas milenarias provenientes de la filosofía oriental que han estado pasando por el filtro de la contrastación científica para comprobar sus resultados. Las conclusiones no han podido ser más alentadoras. Recursos como la atención plena al momento presente y la práctica de la meditación ya forman parte del arsenal terapéutico de algunas escuelas psicológicas como la Terapia Racional-emotiva del Dr. Albert Ellis , dentro del marco de la Terapia Cognitivo-Conductual, la Terapia de Reducción del Estrés mediante la Atención Consciente de Jon Kabat-Zinn, la Terapia Dialéctico-Conductual de Marsha M. Linehan , la Terapia del Compromiso y Aceptación de Steven C. Hayes, y la Terapia Cognitiva basada en la Atención Plena, de Segal et al.
El apoyo de la neurociencia.
Las técnicas de neuroimagen han verificado que el cerebro de los meditadores habituales posee características especiales producidas por la meditación. La neurociencia está aportando evidencias sólidas de que el cerebro es plástico, con gran capacidad de reorganización a partir de cada nueva experiencia. El cerebro cambia su estructura a medida que aprende. Por esta razón, no es de extrañar que los meditadores refuercen el circuito neuronal responsable del control voluntario de la atención con la práctica continuada de la atención focalizada. La posibilidad de controlar mejor nuestras emociones y utilizar la mente de un modo más eficaz para lograr un mayor bienestar y por consiguiente un estado permanente de felicidad interior nos la ha facilitado la filosofía oriental de hace más de 2500 años. Está claro que nuestras recetas occidentales para obtener la felicidad han resultado ser consuelos a corto plazo y, a la larga, un antídoto contra la felicidad. Nos hemos hecho adictos a estímulos materiales al equiparar placer y felicidad. Pero ya estamos averiguando con amargura que nos hemos metido en una buena trampa. Los países más ricos no son los más felices, precisamente. No hace falta sufrir para ser mejor persona, solo es necesario convencerse de que lo más importante de nuestra vida es lo que está sucediendo ahora. Entregarnos al momento presente con todo nuestro potencial y concentración.
Ni pasado ni futuro, solo presente.
Al ingeniero le costó entender algo que le parecía una receta espiritual. Siempre había pensado que la meditación era una práctica religiosa de los budistas o algo propio de las sectas californianas de la New Age.
Tuvo que comprender que no hacía falta que se hiciera budista ni taoísta ni religioso de ninguna especie para aprender a estar atento al presente y a meditar. Tuvo que entender los beneficios de la meditación y la plena conciencia para el control de sus emociones. También se alegró de saber que podía desarrollar la capacidad para sentir alegría por sus propios medios.
No hace muchos años, en 1997, Eckhart Tolle, maestro espiritual no alineado a ninguna religión en particular, escribió “El poder del Ahora” (Ed. Gaia, 2001) y llegó a vender más de tres millones de ejemplares en todo el mundo. En esta línea, otros autores como Deepak Chopra, Brian Weiss, Matthieu Ricard y Thich Nhat Hanh transmiten igualmente el mensaje de que la forma de alcanzar la felicidad y dejar atrás el sufrimiento es abrazar el momento presente. El interés universal por el tema es patente. Es conocido que unos diez millones de estadounidenses practican algún tipo de meditación.
Entrenarse para ser plenamente conscientes de los incesantes pensamientos sobre pasado y futuro y de sus emociones asociadas como la culpa, la tristeza, la ansiedad y la angustia es la herramienta clave para que el oleaje de la vida no nos haga perder de vista la placidez de nuestro océano interior. La incapacidad de aquietar los pensamientos es la tribulación más frecuente entre las personas que acuden a la terapia. Tanto para las personas que no están mal como para las que sí están sufriendo, la atención a lo que uno mismo está pensando y sintiendo (la conciencia plena, “mindfulness”) y la habilidad de parar de pensar (la meditación) son las destrezas básicas para tener una vida feliz y experimentar la alegría sin depender de factores externos. Aprender a ver el mundo de modo distinto, ahora que sabemos que muchos de nuestros hábitos de pensamiento y emociones son susceptibles de ser modificados para mejor, es cambiar la vida.
Despiece 1
Cambiar la perspectiva para vivir mejor.
1. Nuestros propios pensamientos son los que generan nuestras emociones.
2. El modo como interpretamos lo que sucede lo decidimos nosotros mismos cuando somos conscientes.
3. Nuestra percepción de los hechos puede determinar nuestro estado de ánimo.
4. Identificar lo que estamos pensando en cada momento nos ayuda a mantener la perspectiva.
5. Mirar los hechos con “vista aérea” nos hace menos fluctuantes, más estables.
6. Volver al presente cuando estemos rememorando el pasado o especulando sobre el futuro nos hace vivir plenamente y disfrutar mucho más.
7. Observar atentamente todo lo que estamos viviendo ahora mismo nos permite ver todas las opciones para sentir bienestar.
8. Revivir recuerdos tristes del pasado solo sirve para reforzarlos y no olvidar. Además, no podemos modificar el pasado.
9. Pensar en el futuro es intentar controlar hechos no existentes. No se pueden modificar variables no identificadas.
10. Cualquier tipo de cambio que decidamos realizar solo se puede producir en el momento presente.
Despiece 2
Estar atento al presente (Conciencia plena)
1. Mantenerse atento al cuerpo observando todas las sensaciones corporales. Por ejemplo, mientras andamos, observar todos los movimientos del cuerpo en el espacio; cuando nos lavamos las manos, fijarnos en la sensación del contacto de la piel con el agua. Concentrándonos en estas sensaciones logramos conectar con la experiencia directa.
2. Observar la respiración para entrenar a la mente para asentarse en el momento presente. No hay que preocuparse de si se está respirando rápido o lento, si se hace bien o mal, solo hay que fijarse en la respiración tal como es.
3. Etiquetar mentalmente las sensaciones y emociones. Si uno piensa, habría que decirse a sí mismo: “estoy pensando”. Si se está triste, “tengo tristeza”, si se tiene sueño, “sueño”, si se tiene rabia,”rabia”. No juzgar las emociones como buenas o malas. Pensar que son como son.
4. Una vez identificada la emoción, dejar que esta se apague sin reaccionar. De este modo, la mente se queda libre y disponible para conectar con todos los momentos presentes.
Despiece 3
Meditación respiratoria básica. (“Energía sin límites”, Deepak Chopra)
1. Reserva para ti un momento en el que estés libre de interrupciones y responsabilidades.
2. Busca un lugar tranquilo, sin distracciones ni ruidos de tránsito. Siéntate tranquilamente en el suelo o en una silla de respaldo recto y cierra los ojos.
3. Respira normalmente, pero mientras exhalas e inhalas comienza a dirigir gradualmente tu conciencia hacia la respiración. Sin tratar de dominarla ni influir en modo alguno sobre ella, cobra conciencia del ir y venir de tu aliento.
4. Si notas que tu respiración se acelera, se hace más lenta o hasta llega a interrumpirse por completo en cierto momento, limítate a observarla sin resistirte ni fomentarla. Deja que se estabilice por sí sola.
5. Si te distraen los pensamientos o si te desconcentras de algún modo, no te resistas. Deja que tu atención vuelva naturalmente a la respiración.
Continúa meditando así durante quince minutos. Luego, sin levantarte ni abrir los ojos, tómate algunos minutos más para volver gradualmente a la conciencia cotidiana.
En busca de la serenidad
Con su bolsa del gimnasio colgada al hombro, la botella de agua en una mano y el móvil en la otra, asoma agitada a nuestra cita para tomar café. Ha sido un milagro encontrar el día para vernos, ya que por una cosa u otra y, sobre todo porque no había una finalidad concreta en nuestro encuentro, nuestra cita se había aplazado durante meses. Trato de mirarla fijamente para lograr captar su atención, pero me resigno a la evidencia de que no podremos conversar un rato sostenido. Todo es síntesis y virtualidad. Con evidente dificultad intenta mantener la atención en lo que hablamos. Sin embargo su mirada la traiciona y se posa en todo menos en mí. Me avisa de antemano que no se le puede hacer tarde porque...y me cuenta la agenda del día. Mientras tratamos de hilar un tema, el móvil suena en sus diversas formas, como recepción de mensaje y como llamada. Sostiene que está harta del móvil, que no para de sonar. No obstante, ni lo apaga ni pierde ningún sonido que venga de él.
Me cuenta sus planes y objetivos profesionales. La vida personal no cuenta, no es el momento. Es un robotito de última generación. Quiere ser una “ganadora” y, seguramente lo será en lo que para ella significa ganar. Su vida social se nutre de algunos amigos internautas que chatean regularmente hacia las diez de la noche. Me describe de paso su última relación sentimental en la esfera virtual. Al cabo de media hora se despide volviendo a hacer una síntesis de su agenda del día.
Hemos logrado tantas cosas, tantos progresos científicos y tecnológicos y, sin embargo, ¡seguimos siendo tan ignorantes en la búsqueda de la serenidad! No es algo obvio, y tampoco es por casualidad que se habla tanto de inteligencia emocional y se realicen seminarios y cursos para desarrollar esta potencialidad. No van a ser los conocimientos científicos los que nos van a ayudar a ser más felices y serenos, ni a entrar con buen pie en la Era de Acuario. Esta debería ser la Era en la que los sentimientos y la espiritualidad cobren mayor relevancia en nuestras vidas.
¿Otro mundo es posible?
Desde el inicio de los tiempos, la humanidad se ha tejido de gentes que han aspirado a cambiar el mundo y de otras que se han limitado a utilizar las mismas soluciones para los mismos problemas, convencidos de que un recurso empleado durante siglos tendría que ser por fuerza el más útil y eficaz. Se destruye un “muro de la vergüenza” para construir otro en Israel.
Parece ser que han prevalecido estas últimas sobre las primeras y el resultado ha sido, como era de esperar, más de lo mismo, solo que con más comunicación (no de mejor calidad), más celeridad en la difusión de la información y un mayor acervo de conocimiento. Resultado, el mismo caos, pero mucho más vertiginoso e impredecible.
Aún cuando valoremos en su justa medida el progreso en el ámbito del conocimiento tecnológico, podemos entrever que la acumulación de datos es una condición necesaria pero no suficiente para promover la felicidad. Incluso algunos pensadores sostienen que el conocimiento puede erigirse en un obstáculo para percibir la verdadera esencia de la existencia. Evidentemente, conocimiento no es clarividencia, ni inteligencia intuitiva y directa. De esta última depende en gran medida la percepción correcta, la armonía y la felicidad de una persona.
Perdida ya la esperanza de que alguna mente con estas habilidades ejerza el poder político, cabría preguntarse con cierta resignación cómo podemos cambiar este mundo dentro de nuestras posibilidades individuales. Sin duda, si logramos nuestra propia paz la vamos a contagiar a los demás y, si somos muchos, podría cambiar el mundo.
No somos islas.
En realidad somos seres de mayor o menor complejidad que sienten y que comparten el mismo espacio físico. Todo influye sobre todo, para bien y para mal. Somos equiparables en el sentido de que todos tenemos un papel en la comedia. El árbol, el gato, el pez, el hombre… El hecho de considerarnos pequeñas islitas independientes, cuadrículas amuralladas, llámense especie, género, “ego”, barrio, grupo, nacionalidad, religión, opinión, raza, clase social, educación y no sé cuántos fragmentos más podamos concebir, no ha hecho más que generar y mantener el conflicto en nuestro mundo. La ilusión de ser diferentes nos ha conducido a sentirnos superiores unos de otros. Cuando luchamos por nuestras opiniones, nuestra ideología, nuestro equipo de fútbol, en nuestro fuero interno estamos convencidos de que son mejores que los del otro. Aunque no sea políticamente correcto admitirlo. El muro de Sharon esta vez es de los “buenos” los que “hacen la guerra preventiva para lograr la paz mundial”. El muro de Alemania era del “enemigo”. Parece que está en la condición humana competir y jerarquizar lo que siente que le pertenece.
En resumen, yo soy yo y lo mío y además lo mío es mejor que lo tuyo. Cuánto más ego alimentemos con sus consecuencias, más conflicto generaremos. Cuánta más división, más guerra.
No perder un segundo de vida.
Muchos pensarán que viven la vida a tope porque no paran ni un minuto. Pero, por favor, no confundir: una cosa es no perder el tiempo, otra es no perder la vida. Precisamente aquéllos que más se obsesionan por aprovechar el tiempo, son los que más espacios de vida desperdician.
Proyectamos continuamente el futuro, planeamos, controlamos, o al menos creemos que controlamos nuestra existencia futura. Recordamos el pasado y revivimos una y otra vez las mismas emociones. Nuestro pensamiento está siempre distraído con el pasado o el futuro. Del presente más bien “catamos” la experiencia; nos interesamos por todo y nada. Estamos dispersos y urgidos. La vida se despliega como una sucesión de fotogramas de los cuáles solo rescatamos uno que otro. En una carrera escapista, nos precipitamos del trabajo al gimnasio para “relajarnos” quemando frenéticamente la energía sobrante.
La mirada atenta a lo que sucede en nuestro interior y a nuestro alrededor es la fuente interna de felicidad. Conocer nuestra mente, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, los buenos y los malos, sin juzgarlos; ser conscientes de nuestras palabras y acciones, percibir también de modo consciente lo que sucede fuera de nosotros, esto es la verdadera inteligencia: iluminar la vida para verla mejor. Y para eso necesitamos detenernos un poco.
Aquietarse y contemplar está mal visto. La acción continua es la virtud. Sin embargo, la atención y la contemplación son el secreto de la concentración máxima.
Menos pasado y futuro y más presente. Aquí está todo lo que buscamos, solo hace falta ir más lento y mirar bien.
Pensamientos y conductas de nuestro tiempo
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Interponemos los medios tecnológicos entre nosotros. No solo los utilizamos sino que nos escondemos detrás de ellos. Chat, correo electrónico, mensajes por móvil, teléfono, videoconferencia…·
Nuestras conversaciones están cada vez más motivadas por sus objetivos. Cuando llamamos a alguien por teléfono, ya nos está preguntando el motivo de la llamada. Hemos olvidado la conversación informal, el hablar por hablar, solo por el hecho de estar en contacto, por el proceso en sí.·
El tiempo, que no era nada más que un invento del hombre, se ha transformado en nuestro amo y señor. Lo veneramos, lo ahorramos, lo compramos y lo vendemos. Le hemos adjudicado el valor del oro.·
Nos saltamos las introducciones y vamos directo al objetivo. Ya no saludamos, no preguntamos por el otro demasiado por si se “enrolla” contestando.·
Cuantificamos todo lo que tocamos, todo es inversión. El amor, la amistad, el tiempo dedicado a cada apartado de nuestra vida. Los conocidos son “contactos”. Nada es gratuito.·
Estamos sumergidos en la obtención del deseo, en la persecución de objetivos y desatendemos los procesos de los acontecimientos. Hemos convertido los deseos en necesidades. Lo queremos todo y ya.·
Actuamos como niños grandes. Nos hemos hecho intolerantes a las frustraciones, no soportamos postergar la satisfacción de nuestras apetencias. Si no salen las cosas como pretendemos tenemos “rabietas” y nos deprimimos o nos evadimos con adicciones.
Para encontrar la paz
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Para encontrar la paz, solo me fijaría en nuestras semejanzas, en la influencia del árbol sobre nosotros y la nuestra sobre el árbol, en la vida que compartimos mi perro y yo, en la fugacidad de la existencia de la flor y de la nuestra para recordar que nada es permanente, ni más importante ni independiente del resto del universo.·
También me fijaría en cada pequeño detalle. Escucharía y observaría a los demás como si quisiera traspasarlos, contemplaría el crecimiento de las plantas, exploraría los sentimientos y necesidades de mis semejantes tanto como los míos. Usaría mis sentidos más que mi pensamiento. Miraría a los demás con mirada ingenua, sin prejuicios ni imágenes prefabricadas.·
Trataría de ver las dificultades de la vida como olas en el océano, pero las miraría desde su profundidad. Trataría de comprender mis emociones, dándome cuenta y aceptando también las más inconfesables. Comprendería que la mejor manera de vivirlas es siendo consciente de su transitoriedad. No lucharía conmigo mismo.·
No intentaría ganar las disputas. Olvidaría el concepto de ganar y perder, de triunfadores y vencidos. Haría un esfuerzo activo por acercar a las personas y promovería las reconciliaciones. Practicaría la empatía y dedicaría mis esfuerzos en ponerme en el lugar del otro. Trataría de enfocar las disputas como una madre que ve pelear a sus hijos y no toma partido.