Es conocido por todos que el control excesivo puede generar
efectos opuestos a los deseados. Es frecuente pensar que cuanto más esfuerzo se
haga, mejores serán los resultados. Pero existen evidencias que demuestran la
falsedad de la hipótesis. La programación sociocultural grabada en la mente es
la que ensalza el valor del esfuerzo. Eso posiblemente ha ayudado a la humanidad
en muchas cosas, pero con matices. La mayor eficiencia se obtiene, seguramente,
siendo competentes en el arte de bailar: retroceder, avanzar, parar, mirar,
volver a avanzar..., dominando la destreza de distinguir cuándo es bueno
esforzarse y cuándo fluir con la corriente.
Prescribirse, por ejemplo, ir a dormir temprano para estar descansado al día
siguiente puede asegurar una noche de insomnio, o la determinación de no comer
nada que engorde puede desembocar en un atracón. La ilusión y la ansiedad por
quedar bien en la cama con un nuevo ligue hace con frecuencia que la erección se
haga de rogar; y, por descontado, desear con todas las fuerzas olvidar a una
persona que se portó mal, garantiza una obsesión. Muchas veces, el control de la
situación o de los sentimientos no pasa de ser una simple ilusión de control,
aunque cueste aceptarlo. Por eso se recomienda saber diferenciar cuándo hay que
esforzarse y cuándo no. Cuándo hay que luchar por controlar y cuándo se debe
aceptar y dejarse ir.
La creencia de que el control es útil y efectivo se mantiene porque es evidente
que funciona en el ámbito de las conductas. Se puede obligar a alguien a ponerse
en pie con métodos coercitivos, pero no se le puede obligar a no sentir miedo.
Por eso es buena la aclaración: se puede controlar las conductas, pero no las
percepciones, los pensamientos, las emociones y los sentimientos, todo aquello
que conforma el ámbito de lo privado.
La reacción a la idea de aceptar genera casi siempre una enérgica resistencia:
si se acepta todo, ¿cómo superarse y lograr las metas? O, si uno se resigna a
los problemas, ¿cómo solucionarlos? Pero tampoco parece que resistirse por
sistema a lo que se considera malo lleve al bienestar y la felicidad. Ante una
adversidad, la resistencia no hace más que añadir sufrimiento. Eso es por lo
menos lo que postulan las nuevas tendencias en psicoterapia: la llamada terapia
de aceptación y compromiso afirma que el control es el problema, no la solución.
Esta terapia parte de la base de que el sufrimiento es una característica
esencial de la vida. En lugar de promover la modificación de los pensamientos y
las emociones, alienta la aceptación y la atención del momento presente. La
teoría mantiene que el malestar psicológico proviene de la tendencia humana a
soslayar e intentar controlar todo sentimiento que se considera negativo.
Los psicólogos cognitivos que promueven la aceptación postulan que existen dos
tipos de funcionamiento mental ante la vida, como si fueran dos maneras de mirar
lo que va pasando.
Control (Hacer)
En el llamado modo controlado o hacer –a sus practicantes se les llama doers en
inglés–, la acción es la manera de mantener el equilibrio. Es la actitud más
corriente en todas las personas, pero también es una manera de pensar
responsable de mucha insatisfacción y malestar. Es la actitud de que se echa
mano de modo instantáneo siempre que las cosas suceden de forma distinta a como
se querría. Comporta un proceso mental por el que se observa y evalúa
constantemente el estado actual al compararlo con un modelo o norma que se
desea, requiere, espera o teme. Es la mente crítica y generadora de juicios (que
conduce a la infelicidad básica propia del ser humano): esto es bueno, esto es
malo, esto me gusta, esto no.
El proceso mental de control se dispara cuando se observan discrepancias entre
la realidad y el ideal. Eso da lugar a dos resultados: surge automáticamente
alguna forma de sentimiento negativo (frustración, tristeza, rabia); o bien se
activa el programa para reducir la diferencia entre lo real y lo deseado. En
algunas ocasiones, es posible cambiar las cosas para que se parezcan más al
ideal. En realidad, la genialidad estaría más bien en saber discernir entre lo
modificable y lo no modificable. Si se utiliza exclusivamente este modo de
pensar, el resultado va en detrimento de la felicidad. Estas son las actitudes
características:
1. Centrarse en el hecho de que las cosas no son como gustaría que fueran.
Fijarse solamente en la discrepancia, la distancia entre lo que es real y el
ideal.
2. Focalizar la atención en actuar con el fin de acercarse al ideal. Al
experimentar la dificultad de hacerlo, se inicia un remolino de ideas que
provienen del pasado o anticipan el futuro.
3. La manipulación de conceptos e ideas mediante conjeturas y explicaciones
conduce a que se lleguen a considerar hechos reales en lugar de eventos
mentales. La preocupación constante acaba provocando un alejamiento de la
experiencia del presente. El presente sólo se contempla como gestión para llegar
a objetivos.
4. La noción del tiempo se vive de forma vinculada a los objetivos: calibrando
las consecuencias futuras, anticipando los resultados de las acciones y
recogiendo los recuerdos del pasado. Eso igualmente sustrae de la vivencia del
presente.
5. Sentimientos y emociones son considerados cosas buenas o malas de entrada,
dependiendo de si son adecuados o no a lo que se persigue. Se transforman en
objetos ligados a las metas.
Aceptación (Ser)
El segundo estilo de atención es el modo de aceptación o ser. Es aquella manera
de pensar y vivir que permite que todo sea como es, sin urgencia para cambiarlo.
El ideal por alcanzar no es lo más importante, al objetivo se va llegando de
instante en instante. Por eso, mientras se vive, no se juzga ni critica
continuamente la experiencia, no se valora si la vida es parecida u opuesta al
ideal. No surge la necesidad de actuar de inmediato para lograr el objetivo. El
cambio mental hacia este procesamiento de todo lo que ocurre es la esencia de
las habilidades que se aprenden al prestar atención total al presente. Así, se
puede lograr la plenitud, la libertad y el bienestar mediante un modo de pensar
que se basa en estas actitudes:
1. El presente no se considera un trámite que sólo tiene importancia en relación
con el objetivo. Todas las experiencias vitales del presente son significativas
y se viven con total profundidad, amplitud y riqueza.
2. Los pensamientos y las emociones pasan a considerarse, de modo semejante a
los sonidos u otros aspectos de la experiencia de cada instante, como eventos
internos pasajeros.
3. Lo que se piensa y se siente está en cierta forma desligado de las acciones
que conducen a perseguir resultados. La mente no produce acciones automáticas
para aferrarse a lo positivo ni escapar de lo negativo. Eso aporta una mayor
pericia para tolerar los distintos estados emocionales (como mayor tolerancia al
estrés).
4. Se agudiza la sensibilidad hacia la riqueza y la complejidad de cada momento
gracias a la sensación de libertad, frescura y capacidad para asombrarse con
todas las experiencias.
Las dos actitudes, control y aceptación, no son compatibles entre sí. Siempre
existe la prerrogativa de decidir el modo como se quiere vivir: haciendo o
siendo. Controlando o aceptando. La sociedad fomenta la acción (el hacer) como
virtud. No obstante, si la acción está fundamentalmente dirigida a las metas, la
frustración y la tristeza serán fieles acompañantes, ya que la idea que tiene
cada uno de su meta a menudo corresponde a una fantasía. No hay más que mirar
atrás y ver la vida que se ha vivido: ¿cuántas metas logradas se correspondieron
con las previstas?, ¿cuántas de las logradas proporcionaron la dicha?
Probablemente, la mejor opción es armonizar y alternar los dos estilos de mirar
la vida a medida que se olvidan condicionamientos. Cuando se logra pericia en el
modo de aceptación, es más fácil darse cuenta de los momentos en los que los
automatismos arrastran y controlan, y que siempre conducen al mismo lugar.
Habría que recordar siempre las palabras del poeta y monje budista Thich Nhat
Hanh: “Ya has llegado a casa”.