Pecados capitales La
nueva ejecutiva de marketing de apabullante currículum no
llegó nunca a entender la afluencia de malas vibraciones con
las que fue recibida nada más llegar a la empresa. Personas
con las que escasamente había cruzado un “buenos días”
ya la ignoraban o miraban mal. Sentía que era objeto de
críticas y antipatía. El alma cándida se
flagelaba:” ¿qué habré hecho mal? Todo lo
que he intentado hasta ahora ha sido hacer méritos, portarme
bien, colaborar, trabajar 12 horas, evitar conflictos, ser
simpática…” La infeliz meritoria era incapaz de
sentir ese sentimiento abyecto, comúnmente llamado envidia. A
pesar de su comprobada inteligencia académica carecía
de la suficiente inteligencia emocional para identificarlo en los
demás.
Los
pecados capitales en su versión secular son vicios morales. En
su traslación psicológica, son sentimientos
autodestructivos. Clásicamente, se enumeran siete: soberbia,
avaricia, lujuria, envidia, gula, ira y pereza. Algunos de ellos
alcanzan la categoría de inconfesables: ni la gota malaya
lograría que los admitiéramos. Está demostrado
que nos sentimos más virtuosos de lo que somos en realidad.
Nuestra propia estima se resiste a incorporarlos a la imagen que nos
atribuimos. Son aquellos llamados espirituales, ya que los
considerados carnales (la gula y la lujuria, quizá también
la pereza) son objeto de una mayor condescendencia y complicidad.
Acordes con la idea de la “perdonabilidad” de los
carnales (esta vida es corta), nos centraremos en el análisis
de los dos más innobles y solapados con el fin de reconocerlos
en nosotros mismos y defendernos de sus arpones envenenados: la
envidia y la ira.
De
todos los citados, la envidia es el vicio más perverso e
imperdonable, ya que es el que tiene el mayor poder corrosivo para el
vicioso, a la vez que es demoledor para el envidiado. Merece un
apartado especial por su ubicuidad en nuestro medio y porque está
enlazado con todos los demás de diversas y tortuosas maneras.
Con la envidia se vincula la ira, los celos, la competitividad, la
calumnia, la maledicencia, la rivalidad, la avaricia, el rencor, la
venganza y todo el espectro de la ruindad humana. Además, la
envidia, a diferencia de los vicios restantes, no deja demasiado
espacio al placer, a excepción del placer de ver al envidiado
destruido. La
psicóloga recibe a su paciente que sigue un tratamiento por
depresión. Aquél día fue distinto, Por primera
vez en mucho tiempo mostraba la sonrisa más angelical y
sincera que le hubiera visto en la cara.” ¿Parece que te
encuentras mejor?”, le pregunta la terapeuta. “Mi enemiga
ha suspendido la selectividad y no podrá entrar en mi
facultad,” responde la paciente con un brillo inusual en los
ojos. La envidia malsana mostraba su cara más genuina, sin
tapujos. La
envidia tiene más concordancia con la percepción
interna de inferioridad, que con la escasez objetiva. No es que la
envidiosa no tuviera los medios para entrar en la universidad, sino
que se sentía inferior a la envidiada. Para
que la envidia esté presente se necesitan tres partes: El
envidioso (sujeto). El
envidiado (rival) Una
posesión (un bien) El
bien puede ser material o no, por ejemplo, la felicidad que el
envidioso atribuye al envidiado. Así,
la envidia se define como una incomodidad, tristeza o malestar que
siente el sujeto al pensar que no posee el bien que tiene el rival.
Si la envidia pasa a ser maligna, también se desea que el
rival no tenga el bien. En este caso se trata de la “envidia
malsana o destructiva”. La “envidia sana” suele
estar mezclada con admiración. Esta
pasión proviene de la tendencia humana a evaluar el propio
bienestar mediante la comparación con el prójimo. En
un ensayo magistral sobre la envidia, el filósofo Alfonso
Tresguerres elabora un retrato del envidioso y del envidiado y
concluye afirmando que no es necesario que exista una superioridad
real del envidiado ni tampoco la posesión de algo que le haga
aparecer de inmediato como superior. Solo hace falta que el envidioso
lo vea como tal. El envidioso se siente inferior al envidiado y es la
envidia el rasgo que desvela este sentimiento. Por esta misma razón,
el envidioso no está dispuesto a reconocerlo ni siquiera ante
sí mismo. Por eso también la envidia se oculta y se
niega tenazmente. Añade, por último una frase de
Rochefoucauld: “A menudo se hace ostentación de las
pasiones, aunque sean las más criminales, pero la envidia es
una pasión cobarde y vergonzosa, que nadie se atreve nunca a
admitir”. Sería como admitir la propia inferioridad.
Triste
y pesaroso por el éxito del envidiado y alegre por sus
fracasos y desdichas. Pasivamente
descontento. Su odio se activa fácilmente ante
circunstancias favorables. Colérico
y rencoroso. Calumniador
y maledicente. Se
compara continuamente al envidiado y es competitivo. Siente
inferioridad respecto al envidiado y no es capaz de admitirlo ni
siquiera ante si mismo. Alguien
cercano, no necesariamente en el espacio sino en el tiempo. Coetáneo
o de edad similar. (El joven no suele envidiar al viejo porque puede
pensar que dispone de mucho tiempo para llegar dónde ha
llegado el viejo y a éste le queda el consuelo de pensar que
eso nunca será así.) El
envidiado desea lo mismo que desea el envidioso. Tiene los mismos
objetivos. Existe una paridad en las aspiraciones entre envidiado y
envidioso. El
envidiado tiene algo que el envidioso ve factible llegar a poseer o
hacer. Por eso es más frecuente que el pobre envidie a otro
pobre que que envidie al rico. El envidioso necesita compararse a un
modelo próximo. El envidiado nunca es alguien demasiado
superior con quién el envidioso no pueda competir. El
envidiado está cercano en el espacio (es el vecino, el
cuñado). Con esto se alimenta la competencia y se aviva
constantemente el fuego de la envidia.
Tres
amigas están reunidas abandonándose a los brazos de
Baco y degustando selectas exquisiteces con total
despreocupación por el efecto potencial sobre sus figuras.
Pero el motivo lo justifica. Están pasando los momentos más
placenteros y gratificantes de los últimos tiempos. En plena
tempestad de ideas, emerge un flujo exuberante de imágenes
perversas, sin censura, un festín de fantasías
descabelladas que las transportan al nirvana, la felicidad total
derivada de la sensación de poseer un poder infinito.
El
motivo de tal satisfacción es la planificación de una
sofisticada venganza, anónima, impune y definitiva contra un
elemento innombrable y repugnante que casualmente era el marido de
una de ellas. El reptil fue descubierto por la traicionada yaciendo
en el propio tálamo conyugal con una compañera de
trabajo. La escena podría recordar el club de las primeras
esposas. Los
ensueños no están sujetos a las normas de la moral, son
la manifestación más espontánea y libre de la
mente humana. Nada está prohibido ni nada es deshonesto,
piensan. ¿Por qué no abandonarse a las quimeras de la
venganza y disfrutar de las mieles del poder imaginario?
La
venganza es la respuesta instintiva natural ante el insulto y la
ofensa que hace que la persona se sienta “empatada” con
quién la agredió.
En
una encuesta realizada por la revista Psychology Today (1983) se hizo
la siguiente pregunta: “Si usted pudiera, anónimamente,
apretar un botón y eliminar con eso a alguna persona sin
sufrir las consecuencias, ¿lo haría?” Un 69% de
hombres y un 56% de las mujeres dijo sí. Se aniquilarían
jefes, ex-maridos/esposas, ex –novios/as, la antigua pareja de
los compañeros actuales, la actual pareja del ex…El
número de asesinatos superaría de modo grotesco las
cifras actuales. Es aterrador pensar que muchos de nosotros, en
condiciones adecuadas, podemos potencialmente desarrollar una
tolerancia o racionalización ante la injusticia. Parece ser
que la hostilidad es un mal demasiado frecuente y, además,
para algunos las ofensas no prescriben. El
mundo donde vivimos nos valida reiteradamente las reacciones de ira
y sus derivados. La sociedad está llena de modelos de cólera
y venganza. El presidente/emperador George W. Bush se dirige a
nosotros, impotentes espectadores de su política exterior,
para convencernos de la necesidad y pertinencia de su cruzada contra
el “mal” y hablarnos de las “lecciones” que
debe dar al “enemigo”. Nos racionaliza la venganza.
Intenta legitimar lo ilegitimable. Exhibe la violencia como algo
moral y justo. Salirse de este patrón aprendido de defensa es
todo un aprendizaje de empatía y perdón. “Equilibrar
la balanza”: La persona vengativa hasta puede pensar que su
procedimiento es moral. Buscan la justicia.
“Dar
una lección” al agresor: hacerle ver que no va a
tolerar otra ofensa y que el agresor no va a quedar impune. En este
caso la función moral / educativa de la venganza va dirigida
directamente al agresor. “Salvar
la dignidad”: Esta idea pretende demostrar al agresor y a todo
testigo de la agresión, que es una persona que no se va a
dejar avasallar y que tiene su propia valía y dignidad. El
graciosillo (pasivo-agresivo) de las fiestas y verbenas se deleita a
sí mismo haciendo de los demás objeto de sus bromitas.
Los privilegiados inspiradores de sus gracias perciben su agrio
sentido del humor de modo diverso. Unos ya lo conocen y están
familiarizados con su peculiar jocosidad, otros ni esbozan sonrisa,
pero, indefectiblemente, todos se preguntan si a él no le
importaría reírse de si mismo de vez en cuando y para
variar un poco. Pareciera
que cuánto más “civilizada” se hace una
sociedad, más disfraces utiliza la hostilidad. La ira se nutre
de todos los otros vicios. La envidia puede ser un preludio de la
ira, así como los celos, la competitividad, la avaricia, la
soberbia y el orgullo. Estas aflicciones, a su vez, se traducen
mediante las múltiples caretas de la ira: hostilidad,
irritabilidad, ironía, rencor, sarcasmo, bromas pesadas,
resentimiento, amargura, venganza, susceptibilidad, ataques de rabia
y violencia verbal o física. La
rabia nace de la percepción de ver amenazado nuestro bienestar
o sentir que se frustran nuestras expectativas de alguna forma. El
organismo responde automáticamente preparándose para la
lucha. En la profundidad de nuestras creencias, esta emoción
proviene de ver vulnerado nuestro sentido de la justicia. Los
estudios sobre la hostilidad humana se han desarrollado desde los
tiempos de Freud en el ámbito de la psicología. Han
surgido teorías encontradas: por un lado están los que
afirman (coincidiendo con la convicción general) que solo
existen dos derivaciones de la rabia: ventilar la rabia para su
superación, o suprimirla, volviéndola hacia dentro, lo
que puede terminar en depresión y resentimiento. Algunos
trabajos han demostrado recientemente que la descarga de la ira
incrementa la excitación emocional del cerebro causando más
irritación en la persona y que de ningún modo la
catarsis es terapéutica. Para la psicología cognitiva,
la ira es producida por el estrés más la activación
originada por pensamientos tendenciosos y poco objetivos que añaden
leña al fuego. No son los hechos los que nos producen rabia,
sino cómo los interpretamos. Pero en realidad el rabioso es el
único responsable de su sentimiento aunque él no esté
de acuerdo: él se lo guisa y se lo come. La solución
consiste en dejar de fabricar irritación. Convenimos
con esta última teoría.
La
rabia en sus diversas manifestaciones es un veneno para el cuerpo.
Produce niveles elevados de testosterona en los hombres, adrenalina,
noradrenalina y cortisol. Los niveles altos y crónicos de
testosterona y cortisol favorecen la arteriosclerosis, que es la
causa más común de enfermedad arterial coronaria. El
cortisol debilita el sistema inmunitario y reduce la capacidad de
combatir las infecciones. Se eleva la presión sanguínea,
lo cual obliga al corazón a trabajar con mayor intensidad,
aumentando su tamaño y disminuyendo su eficiencia. La ira
crónica contribuye al desarrollo de enfermedades tales como:
trastornos digestivos, úlcera, hipertensión, enfermedad
coronaria, susceptibilidad a las infecciones, erupciones, dolores de
cabeza, y más. El
personaje hostil. Piensa
que es “la gente” que le hace enfadar, sin embargo son
sus propios pensamientos hostiles los que generan su ira. Cree
que alguien está actuando injustamente o algo es injusto.
Percibe maldad e intencionalidad. Considera
que sus conceptos de verdad, justicia y equidad deben ser
compartidos por todos. No contempla que los otros puedan tener su
propia visión de la justicia y de la moralidad. Carece de
empatía. No
tiene en cuenta que los demás no creen merecer sus
“lecciones”. Entiende que sus revanchas van a tener un
resultado positivo para “enseñar” a sus
semejantes. No
tolera la crítica, ni que estén en desacuerdo con él,
ni que no se comporten como él espera. Estas conductas
despiertan en él sentimientos defensivos por temor a perder
su auto estima. Su
frustración proviene de sus expectativas no realistas, muchas
de ellas están basadas en lo que los psicólogos
llamamos los “deberías”. Entre estas se pueden
citar las siguientes: Merezco
las cosas que deseo (amor, felicidad, éxito profesional).
Falacia de tener derecho. Si
me esfuerzo, debería tener éxito. Los
demás deberían ser como yo y creer en mi concepto de
justicia y rectitud. Falacia de cambio.
Debería
ser capaz de resolver cualquier problema con rapidez y facilidad. Si
soy buena persona, la gente debería apreciarme. Falacia de la
justicia. La
gente debería pensar y actuar como yo. Si
soy amable y atento con alguien, esa persona debería tratarme
igual. El
filósofo Comte-Sponville define la virtud como una fuerza que
actúa o que tiene la potencialidad de actuar. La virtud de una
planta o de un medicamento es curar; la de un cuchillo, cortar; la de
un hombre, actuar humanamente.
Tenemos
cada vez más evidencia de que aprender a sanear nuestros
sentimientos auto y hetero destructivos es mucho más saludable
que mantenerlos cociéndose en el interior. Los beneficios del
perdón y del amor han sido ampliamente predicados por las
distintas religiones a lo largo de los tiempos, pero solo
recientemente la psicología les ha prestado la debida
atención. Varios
estudios confirman que el que sabe perdonar recibe recompensas para
su salud en esta vida, además de las espirituales.
Perdonar
puede mejorar la calidad de vida, la presión arterial, el
sistema inmune y prevenir la depresión y la ansiedad. Tiene la
propiedad de revertir todas las consecuencias físicas de la
hostilidad. Tanto es así que ahora proliferan en los EEUU los
seminarios para aprender a perdonar con el fin de preservar la salud.
El perdón, en términos psicológicos se define
como una reducción en la motivación de dañar al
agresor y, simultáneamente, un aumento de la motivación
de actuar de modo favorable para el agresor. Quizá el objetivo
sea demasiado ambicioso, pero lo que sí es cierto es que el
que perdona sale tan favorecido como el perdonado. Sería
alentador que estos estudios sobre el perdón y la hostilidad
tuvieran una influencia cada vez mayor sobre la interacción
humana cotidiana. El
monje zen Thich Nhat Hanh dedica una parte de sus enseñanzas
al conocimiento y superación de la ira. Estas son sus
palabras: “Todo
necesita alimento para vivir y crecer, incluidos nuestro amor y
nuestro odio. El amor es algo vivo, al igual que el odio. Si no
nutrimos nuestro amor, este puede morir. Si cortamos el alimento a
nuestra violencia, ella también morirá.”
Lic. Isabel Sánchez Larraburu
Especial para Compumedicina.comŽ
Sentimientos
autodestructivos.
La
envidia corrosiva.
La
tristeza por el bien ajeno (o la alegría por el mal ajeno).
Perfil
del envidioso
Perfil
del envidiado.
La
ira mortífera.
Ideas
y creencias del vengativo.
Las
caretas de la rabia.
Pensamientos
hostiles.
La
toxicidad de la ira
Los
efectos saludables de la virtud.