Un algoritmo diagnóstico para la ferropenia
Jordi Juncàa
aServicio de
Hematología. Hospital Germans Trias i Pujol. Badalona. Barcelona.
Med Clin (Barc) 2001; 116: 146-149
Reproducido con autorización
Es un hecho evidente que los cambios más espectaculares en el
campo de la hematología en los últimos años se relacionan con los avances en
el conocimiento básico de las diferentes hemopatías, en el trasplante autólogo
o heterólogo de precursores hematopoyéticos, en los nuevos métodos de diagnóstico,
en el empleo de tratamientos que combinan citostáticos con anticuerpos
monoclonales, etc. Por este motivo puede parecer que dedicar unas páginas al
diagnóstico de la anemia ferropénica raya en el anacronismo. Sin embargo, la
mayoría de hematólogos «generales» no opinaría lo mismo. Por una parte
porque la anemia ferropénica sigue siendo la alteración hematológica de mayor
prevalencia a escala mundial, porque la práctica clínica diaria indica que
dicha alteración no siempre es fácil de diagnosticar, porque puede deberse a
una lesión potencialmente grave y, finalmente, porque se trata de forma
inadecuada muchas más veces de las que sería de desear. En este sentido, puede
que dedicar unas líneas al diagnóstico analítico de la anemia ferropénica no
esté de más.
En su presentación más característica este diagnóstico no
presenta grandes dificultades. Como todos los libros de texto indican, la anemia
ferropénica típica se presenta con unas alteraciones de los índices hematimétricos
(microcitosis e hipocromía), junto con un descenso de la cifra de ferritina o
de la saturación de transferrina. Pero no siempre es así. A continuación se
revisarán las distintas alteraciones que pueden conducir al diagnóstico de
anemia ferropénica.
Datos del hemograma
Toda la explicación que seguirá a continuación se basa en
las cifras de referencia de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para el
diagnóstico de anemia: hemoglobina (Hb) inferior a 140 g/l en el varón o a 120
g/l en la mujer. Ante un hemograma que revela anemia, según las cifras
mencionadas, la visión clásica indica que la presencia de microcitosis y de
hipocromía es altamente indicativa de anemia ferropénica. Sin embargo, esto no
siempre es así. La microcitosis refleja la adaptación de un continente
el hematíe a un contenido la Hb, por lo que es muy frecuente que en una
situación de ferropenia el volumen corpuscular medio (VCM) aún no haya llegado
a alterarse. Cabe también la posibilidad de que el paciente esté afectado de
otro proceso que curse con macrocitosis, desde una hepatopatía a un déficit de
cobalamina, por lo que la aparente normalidad del VCM sería la resultante de
dos o más anomalías que se compensan entre sí.
Cualquiera que sea el caso, lo que finalmente debe tenerse en
cuenta es que la normalidad del VCM no excluye en absoluto la posibilidad de que
el origen de una anemia sea una ferropenia. Además, debe tenerse en cuenta que
la disminución del VCM puede también observarse en la anemia de los trastornos
crónicos, las talasemias, ciertas hemoglobinopatías y algunos síndromes
mielodisplásicos, por lo que no siempre es correcto asumir que una anemia
microcítica es una anemia ferropénica.
Otra cosa es lo que sucede con la hipocromía, valorada por
una disminución de la hemoglobina corpuscular media (HCM), probablemente
el índice eritrocitario más importante, ya que es un reflejo fiel de la
disminución en la síntesis de Hb y, por tanto, de su contenido en el hematíe.
En una situación de ferropenia, la hipocromía es más frecuente que la
microcitosis1. Sin embargo, no es infrecuente que en una situación
de auténtica ferropenia la HCM, proporcionada sistemáticamente por los
contadores celulares, sea normal. Esta situación puede deberse a que la anemia
ferropénica se encuentra en una fase temprana.
Algunos contadores celulares actuales proporcionan otros índices
que reflejan con mayor sensibilidad la existencia de una disminución en el
contenido de Hb de los hematíes, como el porcentaje de hematíes hipocromos.
Incluso con un VCM y una HCM normales, un porcentaje elevado de hematíes con
hemoglobinización deficiente traduce una situación de ferropenia. La cifra a
partir de la que se considera que este porcentaje es patológico se sitúa en un
2,5%2,3. Sin embargo, hay que tener en cuenta que un aumento de este
porcentaje revela, de forma temprana, una deficiente hemoglobinización del
hematíe, hecho que no siempre es atribuíble a una anemia ferropénica, ya que
también puede deberse a una anemia de origen «inflamatorio» (anemia de los
trastornos crónicos) o a un síndrome talasémico (aunque en este caso la
acentuada disminución del VCM junto con el aumento del número de hematíes no
suele plantear grandes problemas diagnósticos). Hay que recordar que no todos
los tipos de contador celular proporcionan este dato, y que puede ser necesario
recurrir a su estudio mediante citometría de flujo. En cualquier caso,
representa un paso más hacia una mayor sensibilidad diagnóstica.
Otro parámetro relativamente nuevo es el contenido en Hb
de los reticulocitos, que permite estudiar el mismo fenómeno, la
hemoglobinización deficiente, pero en unas células más jóvenes que los hematíes
circulantes, los reticulocitos. De esta forma, la disminución del contenido de
Hb de estas células permite un diagnóstico todavía más temprano del estado
de alteración de la síntesis de Hb por carencia de hierro. El valor a partir
del cual debe considerarse que el paciente se encuentra en esta situación
carencial está aún por determinar, pero se discute que se sitúa entre los
valores de 26 y 28 pg por célula4.
A pesar de que la hipocromía puede llegar a cuantificarse de
la manera que se ha comentado, existe una forma mucho más simple de apreciarla,
aunque para ello se requiera cierto grado de experiencia en la observación
microscópica. En la anemia ferropénica plenamente establecida, no
complicada por otras carencias ni por estados «inflamatorios» sobreañadidos,
la simple observación del frotis sanguíneo pone fácilmente de relieve la
microcitosis y la hipocromía. Aunque en estadios tempranos o en situaciones clínicas
complejas los índices hematimétricos clásicos (VCM y HCM) puedan ser
normales, siempre se observará en el frotis cierta cantidad de hematíes
hipocromos, aunque su identificación dependa de la práctica del observador.
Además, la anemia ferropénica se acompaña de algunas alteraciones morfológicas
muy características, aparte de la microcitosis y la hipocromía, como la
aparición de hematíes elongados (eliptocitos). Un estudio reciente5
ha puesto de manifiesto que, cuanto mayor es el porcentaje de eliptocitos en un
frotis sanguíneo, mayores son la gravedad de la anemia y la intensidad de las
alteraciones hematimétricas, sin que se observe correlación entre la
intensidad de la eliptocitosis y la de las alteraciones bioquímicas típicas de
la ferropenia: sideremia, saturación de transferrina, ferritina, etc. El
comentario final de este trabajo remarca que «la evaluación microscópica de
la morfología eritrocitaria sigue siendo una importante herramienta en la
evaluación de la anemia ferropénica», algo que la mayoría de los hematólogos
suscribiríamos.
Otro parámetro que suelen proporcionar la mayoría de
contadores hematológicos actuales es la ADE o amplitud de distribución
eritrocitaria, que no es más que una cuantificación del grado de
anisocitosis. Cualquiera que observe un frotis de sangre periférica de una
anemia ferropénica apreciará que, junto a hematíes minúsculos, coexisten
otros de tamaño prácticamente normal (anisocitosis). No es de extrañar que
esta alteración se refleje en un aumento de la ADE. En un estudio realizado en
nuestro medio6 encontramos que la ADE se elevaba en el 86,4% de los
pacientes con anemia ferropénica (aunque todos tenían microcitosis).
De todo lo dicho podría extraerse la conclusión de que el
diagnóstico de anemia ferropénica entraña una dificultad notable. No es
exactamente así, pero vale la pena remarcar que un hemograma sin alteraciones,
aparte de la anemia, no lo excluye. Como puede deducirse de lo que hasta ahora
se ha comentado, el dato analítico más importante es la hipocromía, que puede
ser evidente gracias a un descenso de la HCM, o más oculta, poniéndose de
manifiesto sólo gracias al porcentaje de hematíes hipocromos, el contenido de
Hb de los reticulocitos o la simple observación microscópica de la sangre
periférica.
Otros estudios en sangre total
Un parámetro relativamente poco utilizado en el diagnóstico
de la anemia ferropénica en el ámbito europeo es la determinación de protoporfirina
eritrocitaria libre (PEL) o de su equivalente, la protoporfirina cinc
(PPZn), por fluorimetría. El principio fisiológico en el que se basa su
determinación es muy simple: el último paso en la síntesis del grupo prostético
HEME es la incorporación de un átomo de Fe a la protoporfirina IX (PPIX)
gracias a la hemesintetasa. Si esta enzima está inhibida (caso del saturnismo)
o, sencillamente, no hay suficiente aporte de Fe, la PPIX «libre» (o conjugada
con Zn, metal por el que tiene gran afinidad) aumenta. Existen hematofluorímetros
de manejo extremadamente simple que permiten determinar la PEL con gran
facilidad. Además, como para su determinación puede utilizarse sangre capilar,
su uso en pediatría goza de cierto predicamento7. La elevación de
la PEL traduce que la eritropoyesis es ferropénica, pero estrictamente hablando
no es más que un reflejo de la falta de Fe suficiente para unirse a la PPIX,
situación que también se produce en la llamada anemia de los trastornos crónicos
o anemias «por bloqueo». En la anemia ferropénica su sensibilidad diagnóstica
es relativa: supera el 95% cuando la anemia ya es microcítica e hipocroma (es
decir, lleva un cierto tiempo instaurada)6, pero cuando sólo puede
hablarse de una depleción de los depósitos de Fe, o en fases muy iniciales de
la eritropoyesis ferropénica, la PEL es normal. No obstante, tiene la gran
ventaja de ser una técnica rápida, fácil, prácticamente exenta de coste de
reactivos y es un buen indicador de la gravedad de la anemia: cuanto más grave
sea y más tiempo de instauración lleve, más se eleva la concentración de PEL8.
Sin embargo, hay que tener en cuenta que esta técnica explora sólo una de las
fases del metabolismo del Fe: si la eritropoyesis es o no ferropénica. No
proporciona ninguna información sobre depósitos de Fe en el organismo.
Parámetros séricos
Para el profano podría parecer que una anemia ferropénica
debe cursar con una disminución de la sideremia. Sabemos que esto no es
así y que, de hecho, la sideremia es un parámetro poco fiable para
diagnosticar una ferropenia9. Esta falta de fiabilidad obedece a
varias razones: la sideremia tiene un ritmo nictameral importante, con
fluctuaciones que llegan hasta un 40% en el mismo individuo a lo largo del día.
Por tanto, las condiciones de extracción deben ser rigurosas. Por otra parte,
la ingestión de preparados multivitamínicos que contengan Fe, aunque sea en
cantidades mínimas, puede falsear los resultados de la determinación. Además,
en cuanto a la génesis de la anemia ferropénica, el Fe que interesa es el
ligado a la transferrina, su transportador fisiológico, por lo que tiene poco
sentido intentar explorar el metabolismo del Fe ciñéndose sólo a su
concentración plasmática. Y para acabar de confundir, la sideremia también es
baja en la anemia de los trastornos crónicos. Por todo ello, siempre que se
explore una anemia probablemente ferropénica debe solicitarse la determinación
de sideremia y la de transferrina o, mejor aún, de la capacidad total de
transporte de hierro del suero (TIBC). El cociente entre la sideremia y la TIBC
multiplicado por 100 proporciona el índice de saturación, un parámetro
muy importante: cuando existe una situación de eritropoyesis ferropénica, el
descenso de la sideremia se acompaña de un aumento de la capacidad sérica de
transporte del metal, por lo que este índice, que normalmente se sitúa entre
un 20 y un 40%, disminuye. Se considera que una disminución por debajo del 16%
es diagnóstica de ferropenia, independientemente del estado de otros parámetros
séricos, principalmente la ferritina. En la anemia de los trastornos crónicos,
que cursa con sideremia baja, la concentración de transferrina no sólo no se
eleva, sino que puede disminuir, por lo que su índice de saturación no sólo
no desciende, sino que puede aumentar.
Otro parámetro relacionado con la transferrina es el llamado receptor
soluble de la transferrina (rsTRF). Prácticamente todas las células del
organismo expresan este receptor, aunque su mayor densidad se encuentra en la
membrana de las células precursoras de la serie roja. Parte de este receptor
pasa a la circulación sanguínea, y puede cuantificarse fácilmente mediante técnicas
convencionales de laboratorio. Su concentración se eleva en dos tipos de
circunstancias: cuando existe una carencia marcial intracelular, ya que la célula
aumentará el número de receptores en su superficie para captar cualquier molécula
de transferrina más o menos saturada de Fe. Por otra parte, si aumenta la masa
de células eritroides, como es el caso de una hemólisis de cualquier etiología,
un tratamiento con eritropoyetina o una anemia megaloblástica, la densidad del
receptor de transferrina también aumenta, y la proteólisis de su porción
extracelular se traduce en una mayor concentración plasmática. Con esta
salvedad en cuenta, el aumento del rsTRF en plasma es un buen signo de la
situación de carencia marcial. Su sensibilidad en el diagnóstico de anemia
ferropénica no complicada es superior a la de la saturación de transferrina9.
Sin embargo, su mayor valor debería radicar en la distinción entre una anemia
ferropénica y la anemia de los trastornos crónicos, problema que se plantea
con cierta frecuencia en la población hospitalizada. Aunque la mayoría de los
trabajos refieren que el empleo de rsTRF permite esta distinción10-13,
no todos los autores obtienen resultados inequívocos14,15.
Uno de los parámetros clásicos en el diagnóstico de la
anemia ferropénica es la determinación de ferritina. Informa del estado
de las reservas de Fe del organismo, por lo que ante un cuadro de anemia con un
descenso de ferritinemia el diagnóstico de anemia ferropénica es prácticamente
seguro, aunque podría darse la circunstancia de que una anemia de otro origen
se desarrollara en un individuo con una disminución de las reservas de Fe. En
la práctica, una anemia con hipoferritinemia se cataloga como anemia ferropénica
y debe iniciarse un estudio sobre las causas de tal ferropenia y su corrección
adecuada. Ésta es la situación en la mayoría de los casos en que la anemia se
detecta en pacientes ambulatorios. Sin embargo, en el paciente hospitalizado la
situación puede ser más compleja, ya que la ferritina es un reactante de fase
aguda. Por esta razón en el paciente con una ferropenia real, pero que sufre un
proceso infeccioso, inflamatorio o neoplásico, la ferritina puede aumentar de
la misma manera que lo hace la velocidad de sedimentación globular (VSG), el
fibrinógeno, la proteína C reactiva o las alfa 2 globulinas. La interpretación
de una anemia en el paciente hospitalizado no debería hacerse sin disponer de
algún dato sobre la existencia de esta reacción de fase aguda, porque si no es
así los errores de apreciación de una cifra supuestamente normal de ferritina
pueden ser frecuentes. Existe, además, el caso peculiar de la insuficiencia
renal crónica, que se comentará posteriormente. En estas situaciones en que se
plantea la duda de si un paciente presenta o no una anemia ferropénica a la que
se ha sobreimpuesto una reacción inflamatoria, parece de gran utilidad el
empleo combinado de la determinación de ferritina y del rsTRF. Algunos autores
preconizan que el cociente entre la concentración de rsTRF y el logaritmo de la
ferritina permite distinguir con un 100% de sensibilidad si un paciente presenta
o no una ferropenia en el curso de una situación de fase aguda9, y
que el empleo combinado de estas dos magnitudes permitirá prescindir de otros
marcadores de ferropenia, como la sideremia y la transferrina. Sin embargo, la
determinación de rsTRF sólo se realiza en pocos laboratorios de nuestro medio.
Otra prueba que puede emplearse para valorar los depósitos de
Fe es la determinación de ferritina eritrocitaria. El Fe no utilizado en el
interior del hematíe para sintetizar Hb se almacena en forma de ferritina. La
concentración intraeritrocitaria de Fe no parece estar influida por los síndromes
inflamatorios, por lo que refleja fielmente el estado de las reservas del
organismo16. Si n embargo, su disminución es un hecho tardío en la
evolución de la ferropenia, por lo que en la práctica no suele ser una prueba
demasiado utilizada.
La prueba final
A tenor de todo lo dicho hasta ahora podría parecer que el
diagnóstico de anemia ferropénica es complejo. El mensaje no es éste, pero sí
lo es que a veces el diagnóstico no es evidente y que hay que prestar atención
a detalles que resultan altamente indicativos de la situación de ferropenia
como causa de la anemia, pero que pueden pasar inadvertidos. Una observación
atenta de los índices eritrocitarios, el dato del porcentaje de hematíes
hipocromos, de la concentración de Hb en los reticulocitos o la observación al
microscopio del frotis de sangre periférica pueden proporcionar la clave diagnóstica.
Es también importante tener en cuenta que una saturación de transferrina o una
concentración de ferritina normales no excluyen el diagnóstico. Si se dispone
de la determinación de rsTRF, el cociente rsTRF/logaritmo de ferritina puede
ser de gran ayuda. Sin embargo, siempre quedará algún caso en que la duda sólo
podrá resolverse si se recurre a la prueba que constituye el «patrón oro» en
el diagnóstico de la ferropenia: el estudio del Fe medular mediante un aspirado
de médula ósea y la tinción de Perls, que pondrá de manifiesto de forma
inequívoca si existen o no reservas de Fe y si éste se incorpora o no a los
eritroblastos («bloqueo»). Si bien es cierto que un aspirado medular es una técnica
molesta, debe sopesarse la gran información que puede proporcionar, ya que no sólo
indica cómo se encuentra y distribuye el Fe, sino que también puede informar
sobre anomalías que podrían haber pasado inadvertidas hasta el momento, como
la existencia de signos de megaloblastosis o de mielodisplasia. Aparte del
inconveniente de que se trata de una técnica molesta, otra de sus limitaciones
es que en determinados ámbitos sanitarios (paciente ambulatorio, por ejemplo)
es logísticamente difícil, por lo que su empleo queda prácticamente limitado
al ámbito hospitalario. En según qué condiciones, el anteriormente mencionado
cociente entre la concentración de rsTRF y el logaritmo de la ferritina puede
ser una buena alternativa.
¿Qué hacer en situaciones «analíticamente difíciles»?
Poniendo las cosas en una situación un poco más extrema, ¿cómo
debería actuar el médico que sospecha que un paciente sufre una anemia ferropénica,
pero que no puede acceder a algunas de las técnicas de diagnóstico más
complejas? Una maniobra que puede aclarar el diagnóstico es la prueba con Fe
oral. Es evidente que si un paciente anémico responde a la administración de
Fe, y sólo Fe, por vía oral, con una reticulocitosis a los pocos días,
seguida de un aumento de la concentración de Hb, sufre muy probablemente una
ferropenia. Sin embargo, hay que descartar que el paciente tenga una enfermedad
inflamatoria o infecciosa que se hubiera resuelto de forma concomitante. Ante
una falta de respuesta hay que asegurar que el paciente haya tomado realmente el
Fe, que no sufra pérdidas hemáticas continuas o que no esté afectado de un síndrome
de malabsorción17.
El caso de anemia ferropénica en la insuficiencia renal crónica
merece un pequeño comentario aparte. En esta situación, las pérdidas sanguíneas
durante la diálisis y la mayor tendencia a la hemorragia pueden quedar
enmascaradas por un fallo primario por disminución de la síntesis de
eritropoyetina. Actualmente, el tratamiento sustitutivo con eritropoyetina hace
que sea imprescindible asegurar que el paciente no se encuentra en situación de
ferropenia. El porcentaje de hematíes hipocromos, el contenido en hemoglobina
de los reticulocitos o un índice de saturación de transferrina elevados pueden
ser herramientas diagnósticas muy sensibles18,19. Por otra parte, la
concentración de ferritina que excluye la ferropenia es muy superior, recomendándose
que se sitúe por encima de los 100 µg/l20.
Hay que tener en cuenta que la concentración de rsTRF puede aumentar como
consecuencia de la administración de eritropoyetina21.
¿Es posible establecer un algoritmo diagnóstico?
La instauración de una ferropenia es un proceso dinámico,
que se inicia con la disminución de las reservas de Fe del organismo, pasa por
una eritropoyesis ferropénica y termina con una anemia franca. En cada una de
estas fases la sensibilidad diagnóstica de cada técnica analítica es
diferente, por lo que un algoritmo diagnóstico rígido es una apuesta muy
arriesgada. Sin embargo, sí puede decirse que en una anemia el hallazgo de una
disminución de la ferritina resulta diagnóstico de ferropenia. En ausencia de
hipoferritinemia, la eritropoyesis ferropénica puede ponerse de manifiesto
gracias al aumento del número de hematíes hipocromos, el aumento de la PEL o
la disminución de la saturación de transferrina. En la práctica, el primer
paso para la exploración analítica de una posible anemia ferropénica debería
ser la determinación de ferritina y de la saturación de transferrina (TIBC).
Si el laboratorio dispone de la determinación de PEL o de la cuantificación de
hematíes hipocromos, la información adicional aumenta. En cualquier caso, la
morfología eritrocitaria puede proporcionar la clave del diagnóstico. En casos
más dudosos, la determinación de rsTRF y, como consecuencia, del cociente
entre esta magnitud y el logaritmo de la ferritina puede resolver el problema. Y
ante una duda razonable sobre la existencia de una ferropenia que no ha sido
desenmascarada por ninguno de los métodos ya expuestos, el aspirado medular con
tinción de Perls puede acabar despejando las dudas.
Para acabar, es importante hacer un último comentario,
repetición del principio de esta exposición: una vez diagnosticada la
ferropenia, es imperativo averiguar sus posibles causas, tratarlas si es posible
y administrar las dosis suficientes de un preparado de Fe, que se absorba
correctamente, durante el tiempo necesario.
Agradecimiento
Queremos expresar nuestro agradecimiento al Dr. Llorenç Font,
del Servicio de Hematología del Hospital Verge de la Cinta de Tortosa, por su
revisión crítica de este trabajo.
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